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    Si durante la noche del 8 de octubre del 2016, pocos anticiparon el resultado de las elecciones, muchos menos advirtieron el desastroso efecto en cadena que provocaría triunfo de Donald Trump. Cuando el candidato republicano, un sujeto execrable, alcanzó los 254 votos electorales y Hillary apenas arañaba los 208, ella sintió perdida la batalla: jamás llegaría a la Casa Blanca.

    No sería la primera mujer llamada a ocupar la oficina más importante del planeta. Algo intuiría durante los últimos días de la campaña cuando empezó a encerrarse en la cabina del avión sin conceder entrevistas ni facilitar el contacto con los periodistas.
    En la misma proporción que el tablero de la votación permanecía estático y paralizado, así crecía en ella una atroz desesperación que empezaba a desquiciarla. Bill y yo no teníamos manera de consolarla. Cruzábamos miradas sin saber cómo reconfortarla. Cuando finalmente CNN anunció el triunfo del indeseable candidato republicano, Hillary se desplomó en un sillón, se tiró del cabello y gritó rabiosamente:

    -No, no, no puede ser. Yo era la mejor. Yo significaba la estabilidad, yo respetaría los acuerdos con los aliados, yo crearía millones de empleos, yo era la gran esperanza, yo no construiría un muro. Ahora Estados Unidos y el mundo padecerán los desplantes de un maldito loco furioso con acceso a las claves nucleares. ¡Cuánto se arrepentirá el electorado norteamericano de no haber votado por mí…! La humanidad pagará el precio de esta estúpida decisión de mis paisanos.

    Bill y yo permanecíamos inmóviles y mudos, mientras ella se tiraba de la cabellera y pateaba el piso frenéticamente. Los taconazos se escuchaban en todo el edificio de su departamento en Nueva York. Después de lanzarme un breve guiño, el ex presidente se acercó tímidamente para acariciarle el pelo a su mujer enloquecida. En ese momento ella se levantó furiosa y le aventó la mano:

    -Tú y tus putas fueron los grandes responsables de la catástrofe. No me toques, Bill, apártate de mí. Esta elección y la de Al Gore se perdieron porque no supiste controlar tus impulsos genitales degenerados.

    -¿De verdad crees que por alguno que otro coqueteo furtivo perdiste?

    -No fueron coqueteos furtivos, te cogiste en el salón oval a tantas se dejaron o a cuantas se lo impusiste. Tú me avergonzaste durante los debates, ensuciaste la oficina más importante del mundo…

    Bill, furioso por la injusta acusación, recordó las veces que le había advertido en sus años de senadora y como Secretaria de Estado, que el partido demócrata, el de los supuestos pobres, se había olvidado de ellos al extremo que las familias norteamericanas ya sólo podían rentar una casa digna en lugar de comprarla. ¿No te repetí mil veces que tampoco podían mandar a sus hijos a las grandes universidades por el precio de las colegiaturas?

    -No me digas que por mis devaneos perdiste la presidencia. Si hubieras respetado mis puntos de vista, querida sabionda, y hubieras cuidado los empleos y la pérdida del poder adquisitivo de quienes antes votaban por el partido demócrata, esto no habría sucedido. Descuidaste a las bases y las bases te la cobraron.

    -Vete al diablo, Bill, vete a la mierda con tus explicaciones, sal de mi vida, desaparécete y vuelve con tus putas, el origen de nuestro desprestigio. Aquella noche salí de puntitas del departamento de Manhattan para perderme entre las calles vacías de Nueva York.

     

    jcrh