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    Se dice que dentro de la política mexicana el cargo más difícil de desempeñar es el de expresidente de la República. Han sido muy pocos los mandatarios que al dejar el puesto se acostumbraron pronto a olvidar el poder y las muchas canonjías que trae el cargo. Álvaro Obregón al abandonar la presidencia prefirió retirarse a su natal Sonora y sus actividades agrícolas que permanecer en la capital del país y ver a su compadre, Plutarco Elías Calles, ser el nuevo centro de la atención nacional. Después de la frustrada reelección de Obregón, víctima de las balas de León Toral en el restaurant “La Bombilla”, Calles inauguró lo que se conoce como El maximato” y tardó poco más de siete años en sentir los síntomas de dejar la presidencia, pues siguió conservando el poder y fue la ausencia de mando lo que acortó su vida.

    El general Lázaro Cárdenas tuvo una presidencia, después de haber expulsado a Calles del país, en la que no tuvo rival alguno y fue el único que ejerció el mando político nacional. Pero al llegar la hora de entregarlo al general Manuel Ávila Camacho no tardó mucho en sentir el síndrome del sin poder. Cuentan que el propio don Manuel procuraba no invitar al general a muchos eventos para evitar las caras serias de don Lázaro, aunque que en algunas ocasiones, sobre todo en actos agrarios, obreros y masivos en general era Ávila Camacho el que sentía algún celo a las manifestaciones de apoyo que recibía “El Tata”. Se puede decir que don Lazaro fue “un ex “con mucha influencia pero que el poder de a de veras no lo volvió a tener y siempre lo extrañó.

    Don Manuel, el llamado “Presidente Caballero” hizo honor a ello y tuvo un desempeño ejemplar al abandonar el cargo y entregárselo a Miguel Alemán Valdés. La amistad entre ambos personajes perduró todo el sexenio alemanista sin que existiera celo ni rivalidad alguna. Si bien algunos avilacamachistas intentaron intrigar a don Miguel con el general sin lograrlo con éxito. Los tiempos cambiaron durante el gobierno de Adolfo Ruiz Cortines pues don Adolfo pintó su raya desde la toma de posesión. Alemán había sido un presidente muy popular y carismático y el nuevo mandatario no deseaba competencia alguna. Alemán entendió de inmediato el mensaje y elegantemente abandono el país por poco más de un año, sin que nadie se lo hubiera pedido. A su regreso procuró no ser visto en la grilla y llevo una actividad de bajo perfil en todo lo que fuera política, pero en lo empresarial se convirtió en un personaje mundialmente conocido y respetado.

    El presidente reconoció el sacrificio de don Miguel y siempre que coincidían en algún lugar trataba de exagerar las atenciones con “El Magistrado”, como acostumbraba a llamarlo. La llegada de Adolfo López Mateos a la presidencia pronosticaba una prolongación del poder de Ruiz Cortines sin embargo para sorpresa de todos, no solo no ocurrió así sino que don Adolfo se convirtió en el mejor expresidente que hemos tenido pues nunca más, en el resto de su vida, volvió a intervenir en política. “No designo ni al policía de la esquina ni recomiendo a mis múltiples amigos ni para las regidurías de Orizaba”. Tampoco emitió una declaración u opinión política a ningún medio. Hubiera sido, si hubieran existido, un fracaso como twiettero o como hacker. Todavía continúa siendo el ejemplo a seguir de lo que debe ser un expresidente. O como decía don Rubén Figueroa “Los que ya bailaron que se sienten”.

    Un esquema muy similar al que implementó Ruiz Cortines fue el que impuso a su antecesor el presidente Gustavo Díaz Ordaz. López Mateos era no solo carismático y populachero sino muy estimado por los ciudadanos que les gustaba que asistiera a los espectáculos públicos como las carreras de autos, el box, los toros y el baseball, amén de ser fanático de las Chivas del Guadalajara. Don Gustavo tenía que imponer su estilo y prefirió alejarse del mexiquense poniéndolo a organizar los Juegos Olímpicos de 1968. Pero apenas empezaba sus nuevas tareas cuando López Mateos enfermó y cayó en un coma muy prolongado del que nunca despertó y murió sin que se descompusiera más la relación entre ambos, por lo que nunca sabremos como hubiera sido ALM sin la vitamina P.

    El arribo de Luis Echeverría a la primera magistratura del país significó desde un principio un rompimiento total con el poblano. Desde los primeros días del régimen echeverrista surgieron comentarios contra “los nostálgicos del poder”. Por su parte Díaz Ordaz no se quedaba callado y se quejaba del mal trato recibido por parte de su sucesor. Cuando se conoció el destape de José López Portillo, les decía a sus amigos que Echeverría había sido mejor estadista que él porque “Echeverría si había sabido escoger a su sucesor”. Le fue muy difícil a Díaz Ordaz dejar el poder pero peor aún fue ver a Echeverría ejercerlo. En pocas palabras, sin mando real no la pasó muy bien.

    Echeverría y López Portillo eran amigos de juventud, por lo que no se preveían problemas en el cambio de gobierno, sin embargo don Luis no pudo detener la “pasión de mandar “y continuó con pequeños detalles como seguir utilizando la exclusiva red telefónica presidencial y mandar sugerencias a los nuevos ministros. López Portillo decidió ausentarlo del país y lo nombró embajador en Australia, ya que no encontró algo más lejos. Echeverría es un buen ejemplo de un expresidente que padeció ser ex. López Portillo entendió de entrada el problema y prácticamente no le causó problemas a Miguel De La Madrid, si bien no murió convencido de haber hecho la mejor elección. Don Miguel fue un expresidente muy prudente y si hizo corajes políticos los hizo en la intimidad y nunca dejó de apoyar a su sucesor Carlos Salinas de Gortari.

    Salinas impulso grandes cambios y ejerció el poder sin estorbos de nadie. Su primera elección para sucederlo, Luís Donaldo Colosio, le salió como la criada respondona y no podemos saber cómo hubiera sido ya con el poder presidencial en la mano. Yo soy de los que pienso que hubiera hecho muy infeliz a Carlos Salinas. Pero si lo de Colosio es especulación, lo de Ernesto Zedillo es toda una lección de ingratitud sin en realidad serlo. Salinas no era su amigo político y casi sin alternativas le heredó el poder. Zedillo se le volteó y lo agredió a él y a su familia. Salinas incrédulo recurrió hasta una huelga de hambre que no lo hizo ver muy bien. El tiempo hizo ver las cosas mejor para los Salinas, pero el daño ya estaba hecho. Carlos Salinas padeció como pocos la ausencia de poder, pero pocos han padecido tan mal pago de su sucesor que hasta lo hizo salir del país.

    Las apariencias indican que a Zedillo no lo apasionaba el poder y dejó que el PRI perdiera la elección presidencial del año 2000. Por lo que era natural que ni intentara influir en el gobierno de transición de Vicente Fox y en cuanto pudo se fuera al extranjero a realizar consultorías y vida académica. El presidente de las botas inicio su gobierno con una vocación democrática pero ajena a la realidad política mexicana, pero no sintió ni la sombra de Zedillo, vaya ni el espectro del doctor. Los fantasmas que padeció fueron de fuego amigo panista. Al guanajuatense le brincaron las trancas sus propios correligionarios como su colaborador Felipe de Jesús Calderón y el gobernador de Jalisco Francisco Ramírez Acuña que le adelantaron los tiempos electorales y le echaron a perder sus planes.

    Felipe Calderón gano la presidencia de la República sin el apoyo pero sin la oposición de Fox y en cuanto se instaló en la silla ejerció el poder a su manera y modo. Al expresidente lo ignoró política y personalmente, incluso le mandó una auditoria al “Centro Fox” sin mayor motivo y “le levantó la canasta en todos lados que pudo”. La historia aún no se escribe para el gobierno de Enrique Peña Nieto, al menos en este tema, pero podemos decir que Calderón no tuvo intervención ni en el contenido de los floreros de Los Pinos para cuando Peña se instaló.

    Yo nunca fui amigo ni colaborador de Vicente Fox y me costó mucho aceptar su victoria. Lo traté oficialmente en varias ceremonias en Los Pinos y en otros lugares en mi carácter de representante del gobierno de Veracruz y me sorprendía, su falta de solemnidad para la investidura que representaba, así como su perspectiva de empresario que le imprimía a los asuntos públicos. Nunca lo traté en privado, ni menos en la intimidad. Pero el mundo es pequeño y acabo de tener la oportunidad de conocerlo en unas vacaciones que ambos disfrutamos en este fin de año en Cozumel.

    Ambos íbamos acompañados de nuestras familias y con el simple objetivo de disfrutar de nuestras vacaciones. Fox, con el derecho que tiene, iba acompañado de una pequeña escolta de tres miembros del Estado Mayor Presidencial que pocas veces se hicieron visibles y de prácticamente toda su familia: doña Marta, sus hijos (Rodrigo, Ana Cristina y Paulina) y sus respectivos hijos y nietos.

    El hombre es ya muy callado y serio, ya no es el parlanchín y poderoso presidente al que estábamos acostumbrados. Ahora es un correcto caballero que no evade la plática, pero que es super cauteloso en sus comentarios, sin evadir lo evidente. Doña Marta no se le separa y lo atiende como cualquier otra esposa que sabe apoyar a su pareja con amor y con respeto. Fox escucha los comentarios de un político de tiempo completo como yo, pero tan solo expresa coincidencia o desacuerdo con leves movimientos corporales y no cae en la tentación de expresarse en torno a los personajes que le menciono; algunos de tristes y sucios antecedentes para su persona. ¡Me topé con otro Fox!. Me ofreció, en el futuro y en otro medio ambiente hablar de política y sus experiencias en la máxima responsabilidad del país y ojalá y lo cumpla, pues estos panistas tienen otro enfoque del deber político y el “Bien común”

    Ser expresidente de la República es, en efecto, el cargo más difícil para un político mexicano. Nada vuelve a ser igual ni siquiera el trato con los amigos de antes y quizás ni con la familia. Mis pocos ratos con Fox me hicieron tomar otra perspectiva de los mandatarios que han gobernado México con tanto poder y que volvieron a ser simples mortales. Aunque nunca se les quite la adicción a la vitamina P y sus efectos.