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    Hace ya un año y siete meses, el 26 de mayo del 2015, en una colaboración para Digitallpost, expresamos nuestra opinión respecto del esfuerzo que realizaba el Gobierno de la República en materia de comunicación y los pírricos e insuficientes resultados que se estaban obteniendo. Señalábamos, entre otras cosas que el mensaje presidencial carecía de la eficacia necesaria por la frecuencia con que se daba. El presidente Peña nieto, decíamos, emite declaraciones diarias e innecesarias, ya fuera en “entrevistas de banqueta” o por boletines de prensa emanados de Los Pinos, así como por las coberturas que llevan al cabo los medios de comunicación escritos y electrónicos de casi todos los eventos en que participa. A esto le agregamos las conferencias de prensa formales en las que anuncia decisiones importantes de su gobierno, nombramientos de funcionarios y otros semejantes.

    Intentamos, en esa ocasión, hacer ver que el mensaje presidencial iba perdiendo impacto e importancia al darse prácticamente a diario declaraciones y comentarios del presidente sobre cualquier tema. Diariamente en los periódicos, en la radio y en la televisión aparecían, y siguen apareciendo, reseñas muy amplias de lo que hizo y dijo Peña Nieto en cualquier evento en el que haya tomado parte. Entendemos que la ciudadanía tiene que estar enterada de las actividades que realiza el Ejecutivo, en todo el mundo democrático así ocurre, pero el informar de una inauguración de carreteras o de hospitales o de cualquier obra de infraestructura no implica necesariamente que el presidente envié un mensaje a la nación. Lo mismo podríamos decir cuando habla en ceremonias como el Día de la enfermera o el Día del Cartero o cualquier otro evento de los miles de este tipo a que acude el mandatario.

    Pero además tenemos que tomar en cuenta el papel que juegan hoy en día las redes sociales que, desde el cómodo anonimato, distorsionan y contradicen los hechos y se han convertido en el más popular medio de información aunque muchas veces hasta contradicen la comunicación oficial y ya probaron, a nivel mundial, su eficacia para ser más confiables para sus usuarios que cualquier otro medio existente. Todo esto ha hecho que a los tuiteros, a los de Instagram, a los de Facebook etc. que son la mayoría de los jóvenes y de otros no tan jóvenes, no les interese la información emanada de las instancias del gobierno y hayan dejado de leer periódicos, escuchar la radio o ver la televisión. Sólo lo que aparece en las redes les parece confiable o por lo menos creíble. En pocas palabras, para los que usamos los medios tradicionales y para los de las redes sociales el mensaje del Gobierno, pero sobre todo el del presidente, es más de lo mismo o simplemente no tiene credibilidad ni impacta por lo frecuente. El formato y el estilo de difundir a Peña Nieto son acartonados y da la impresión de que está enviando a la Nación un mensaje trascendental, cuando que a veces no mereciera más allá de un comentario periodístico o televisivo. Los actos que preside tienen casi siempre la misma escenografía y casi el mismo protocolo, las variables, cuando las hay, son mínimas y casi imperceptibles.

    El problema se complica aún más cuando se dan decisiones como el reciente “gasolinazo” y existe la necesidad de informárselo a la sociedad en su conjunto. Para empezar el momento del anuncio era poco propicio, aunque para este tipo de decisiones no existe instante adecuado, pero hacerlo en plena temporada de Navidad no era lo más recomendable así hubiese sido el propio Santa Claus el que lo hubiera hecho. Fue el secretario de Hacienda el que trajo el mensaje a los medios y, aunque José Antonio Meade sea un experto en la materia, no quedó claro el anuncio delGgobierno. Es decir, a los ciudadanos del país, aunque ya lo habíamos escuchado venir, nos cayó como balde agua fría enterarnos de su inicio a partir del 1 de enero de 2017, ya que se había venido diciendo que la implementación seria de forma gradual (en la Ciudad de México entraría en vigor hasta octubre). Además de la época de fiestas de fin de año, los mexicanos ya vivíamos este duro momento de incertidumbre por los problemas económicos, la volatilidad del peso, el déficit presupuestal y los recortes, pero sobre todo la intranquilidad de lo que vaya a implementar Donald Trump y lo que nos va a afectar.

    Meade hizo su chamba, pero ahora si se necesitaba oír al presidente para que pronunciara sobre el tema y este tardo cuatro días en hacerlo y, francamente no convenció pues utilizó el mismo patrón de comunicación a que nos tiene acostumbrados. Volvió a aparecer con su mensaje con motivo del Año Nuevo y en un tono más grave lo explicó y hasta preguntó “¿Ustedes que hubieran hecho?”,  lo que ha provocado aludes de críticas y cientos de sugerencias hasta absurdas a su pregunta. Y llegó el primer día del año con sus aumentos y las protestas no se hicieron esperar. Inicialmente se dieron de manera pacífica pero luego degeneraron en disturbios y saqueos a los comercios como hacía tiempo que no ocurrían en territorio nacional lo que vino a empeorar nuestra ya muy frágil imagen en el exterior. Fueron de tal magnitud que aunque hayan sido en la primera semana del año, volviendo de vacaciones, rebasaron a la fuerza pública en todo el país, lo que mandó un mensaje de debilidad muy marcado y también una falta de previsión de lo que iba a ocurrir ante lo grave de la decisión. Aunque se dice que muchos de los actos vandálicos estuvieron apoyados por alguien que había anunciado que “iba a venir una rebelión en la granja” como ocurrió en Veracruz. A las muestras de violencia tampoco ayudó la sospechosa escasez de combustibles que se dio a fin de año en muchos lugares de la República.

    La verdad es que la medida era inevitable, había que poner un alto al subsidio de las gasolinas. Durante muchos años nos dimos el lujo de tener una de las gasolinas más baratas del mundo gracias a los subsidios. La Reforma Energética lo evitaría, pero lamentablemente fueron muchas las voces oficiales que nos dijeron que el precio bajaría. Esta era una crisis que se venía venir que hubiera podido ser manejada por el Gobierno con estrategias adecuadas y con operadores políticos ad hoc.

    Faltó imaginación y sobre todo diseñar un modelo de comunicación que convenciera. Se tenía que explicar en lenguaje popular que los precios del petróleo habían aumentado en todo el mundo. Que nuestra moneda, por cientos de motivos, se ha depreciado y cuesta más comprar las gasolinas que no producimos. Valdría la pena reconocer o al menos explicar la falta de capacidad de refinación de muchos años por parte de Pemex. Tampoco se ha hecho una aclaración, una justificación de la delicada situación de las finanzas públicas del gobierno federal no obstante haberse realizado la Reforma Fiscal que aumentó los impuestos.

    La situación se ha tornado tan delicada que se ha tenido que armar, de nueva cuenta, un instrumento casi igual al que implementaron en el sexenio de Miguel De La Madrid, el famoso Pacto Para El Crecimiento y la Estabilidad Económica. Ahora con el Acuerdo para el Fortalecimiento Económico y la Protección de la Economía pretenden calmar un poco las aguas. Porque no creo que con las experiencias de otros pactos que no funcionaron en su momento, esta vez sí logren enderezar al barco. Las acciones propuestas son el fruto de consultas y negociaciones entre el Gobierno, las cúpulas empresariales y algunos actores del sector social. Los empresarios la hicieron cansada y difícil y procuraron sacar raja para sus intereses. Le dieron la encomienda a Juan Pablo Castañón del Consejo Coordinador Empresarial, quien mucho ayudó, pero no contaron con la presencia de la Coparmex y de su cabeza Gustavo de Hoyos, quien se quejó de haber recibido el documento con tan sólo dos horas de anticipo y prefirió elaborar su propia propuesta. En la reunión se sintió la falta de un Fidel Velázquez que la aportara vitaminas al evento y al Acuerdo.

    Ya queda poco tiempo al sexenio y habrá que meterle mucho empeño en diseñar un cambio al mensaje presidencial que logre lo que ha sido imposible hasta ahora: darle credibilidad y fuerza a lo que diga el presidente Enrique Peña Nieto.