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    “Siempre me han gustado los desafíos, pero nunca fui lo suficiente valiente para desafiarme a mi. Y ahora, con apenas 364 batallas por lidiar”:

    Me desafío.

    Sí, me desafío a vivir, no a fingir que vivo, respirar cada instante como si fuera el último. No, el único.
    Me desafío a dejar de esconder las heridas frente al espejo, a no volver a dejarme a abrazar por los complejos inventados y pintarlas con tinta para que nadie las pueda pasar por alto.

    Me desafío a hacer de cada deseo una realidad y de mi vida un sueño. Levantarme de la sala de espera, que el tiempo no bailará a mi ritmo, si no soy la que pone la música.

    Me desafío a saltar las veces necesarias para saldar las deudas conmigo, por tantas veces que me creí insuficiente para una meta a un paso de alcanzarla y por otras tantas que me retiré de la lucha al primer golpe.

    Me desafío a dejar ir a los que no deben quedarse y asfixiar entre mis brazos a los que acaban de llegar.

    Me desafío a vivir cada serendipia, cada letra que Dios escribe en mi historia y dejar que me marquen el alma sin miedo.

    Pero sobre todo, me desafío a ser lo suficientemente mía en la fuerza que mis alas me permiten volar,
    en la perseverancia en la que mis pies necesitan bailar, en la intensidad con la que mi corazón desea amar.

    Y con la valentía en la que mis labios merecen sonreír.