Lo que menos te imaginas lo encuentras en el Museo del Espionaje : Digitall Post
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* El único Museo del Espionaje en Alemania está en Berlín, escenario del intercambio de espías, de fugas para tratar de cruzar el Muro, de traiciones y de delaciones políticas.

El museo fue abierto apenas en septiembre de 2015 donde estaban el Muro de Berlín y la Franja de la Muerte, que hoy cruzan las nuevas Plazas Potsdam y Leipzig, un moderno conjunto de rascacielos que define el perfil urbano de la capital alemana.

El recinto se encuentra en la Plaza Leipzig, que se alza frente a la Plaza Potsdam, a dos cuadras de la Puerta de Brandenburgo y del Memorial del Holocausto.

En esa zona se sitúan en la actualidad diversos memoriales y museos, que han sido enclaves del espionaje internacional.

“Un espía en el lugar correcto sustituye a 20 mil hombres en el campo de batalla”, es la frase de Napoleón Bonaparte, quien fue Emperador de Francia de 1804 a 1814, de la que se podría decir que cristaliza el lema del Museo del Espionaje en Berlín. El mismo Museo cita ese aforismo y le da relevancia.

El espionaje es un terreno en que la realidad y la imaginación se entrelazan profundamente y hacen casi irreconocible la separación de ambas.

En el museo berlinés se muestran artículos como brassieres que posibilitan el acceso a internet, guantes de piel que llevan adosados una pistola plana y lápices labiales con los que se puede disparar un tiro mortífero y certero.

El visitante no es un agente pasivo en el museo, sino que se convierte por momentos en protagonista: debe cruzar una zona estrictamente vigilada con rayos laser pero sin tocar ninguno, puede usar mecanismos para aprender a romper códigos de internet.

Y no solo eso, también muestra cómo los hackers pueden modificar fotos e información para dar una falsa impresión, las llamadas “fake news”.

Hay más de 200 monitores, pantallas digitales y proyecciones que transportan al visitante al mundo de los servicios servicios y el visitante puede asumir tanto la personalidad del espía como la del espiado.

El recorrido histórico en el Museo comienza mostrando piezas que sirvieron para cifrar mensajes, ya en el siglo VI antes de Cristo y espiar al propio pueblo y a los enemigos.

“Conocimiento es poder. Desde la antigüedad los hombres estaban concientes de eso. Por eso sorprende poco que el trabajo de los espías se pueda perseguir a través de cuatro milenios de historia”, informa el museo.

Los primeros grandes reinos de la antigüedad tenían las mejores condiciones para practicar el espionaje a través de sus muchos servidores y funcionarios. Los egipcios, los persas, los griegos y los romanos hicieron uso de medios para la espiar tanto a sus enemigos como a sus pueblos.

En el Museo berlinés se informa que el espionaje empezó a ser practicado con profesionalidad a partir del siglo XV.

En el siglo XVI, la reina Elizabeth Primera de Inglaterra instauró oficialmente el primer servicio institucional de inteligencia y espionaje. Corrían los años entre 1558 a 1603. En ese entonces en Francia, el cardenal Richelieu creó el Gabinete Negro e interceptaba mensajes y las cartas de los diplomáticos.

En el siglo XIX, los avances tecnológicos con el telégrafo, el teléfono y la emisión de ondas radiales aceleró el desarrollo del espionaje.

En las dos Guerras Mundiales, sus técnicas avanzaron mucho. El retrato de la legendaria espía Mata Hari ocupa un lugar especial en el recorrido histórico de museo berlinés. Fue el personaje más famoso del espionaje en la Primera Guerra Mundial.

Nació en Holanda y era una exitosa bailarina de ropas ligeras que practicó primero el espionaje para los alemanes y después se convirtió en doble espía. Terminó siendo ejecutada por un tribunal militar francés en 1917.

En realidad no se sabe a ciencia cierta si de verdad usó los refinados métodos para el espionaje que se le atribuyen.

En la Segunda Guerra Mundial, el personaje del espía pasó a un plano secundario y los aparatos técnicos para la captación e intercepción de información saltaron a la primera fila.

El más famoso aparato para cifrar y descifrar información que usaron los nazis fue Enigma, que ahora se exhibe en el museo berlinés.

Hoy se parece más a una vieja caja registradora que a otra cosa. Cuando los británicos entendieron su manejo y funcionamiento, dieron un paso fundamental a su favor en esa conflagración, que finalmente ganaron.

Después vino la Guerra Fría. La Alemania dividida se convirtió en la principal plataforma del espionaje mundial y en el lugar donde los dos bloques, encabezados por Estados Unidos y la Unión Soviética, intercambiaron agentes secretos hechos prisioneros por la potencia enemiga. Berlín y Bonn se convirtieron verdaderos nidos de espías.

El escritor británico John Le Carré, quien fue miembro de los servicios secretos, se hizo famoso con sus novelas sobre el espionaje en esos días en Europa. Dos de las más conocidas son “El espía que surgió del frío” y “Una pequeña aldea en Alemania”.

Es legendario el espía que la Alemania socialista consiguió infiltrar en el gobierno del canciller federal Willy Brandt: Rainer Rupp alias “Topas”. Cuando se supo su verdadero papel, provocó la renuncia del canciller federal de la Alemania capitalista y el derrumbe de su gobierno en 1974.

Con la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso del bloque soviético, terminó la Guerra Fría y cambiaron las tendencias en el espionaje internacional. Se centraron en las industrias y empresas para obtener secretos de innovaciones y conquistar mercados.

Un nuevo vuelco en el espionaje se registró con el atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York el 11 de septiembre de 2001. El terrorismo internacional se convirtió en el punto focal de esa actividad.

El museo berlinés sigue el rastro del desarrollo exponencial que han experimentado las tecnologías de la información y la comunicación desde entonces, hasta llegar al parteaguas de la era en que vivimos: la aparición de los hackers.

Los hackers consiguen violentar las claves que salvaguardan la confidencialidad de masas inauditas de datos y que han convertido al individuo en un ser transparente.

Se presentan entrevistas con ex espías famosos de las últimas décadas, hasta llegar a Edward Snowden, quien reveló a partir de 2013 el espionaje de masas a través de internet, practicado clandestinamente por los servicios de inteligencia de Estados Unidos.

El museo califica a los hackers como superespías de la actualidad, con la capacidad de paralizar consorcios multinacionales y sectores de los gobiernos. Sin embargo, también dedica una parte a mostrar objetos para el espionaje que nunca existieron.

El escritor estadunidese Dan Brown hizo famoso en su novela El Código Da Vinci un dispositivo supuestamente inventado por un experto para pasar información vedada a la única persona en la que él confía.

El museo deja de manifiesto que esos codex, tal y como los describe Dan Brown, son un invento del escritor. Las pequeñas piezas fueron construídas con las descripciones en el libro y ahora son objetos de museo a pesar de nunca haber existido como tales.

No se quedan atrás las armas de James Bond, que también se exhiben en el museo y que desde la década de los 60 dejó boquiabiertos a los miles de espectadores que acudían a ver sus películas.

El personaje de Ian Flemming sigue vivo en producciones multimillonarias de cine, con nuevas armas sofisticadas, acordes con la época actual.

El recorrido del Museo del Espionaje en Berlín termina con Facebook, donde puede ver una visión de conjunto lo que pasa con los datos que capta cada segundo la mayor plataforma de redes sociales y como conforma nuestra visión del mundo.

En el diseño y planeación del museo fueron contratados asesores y especialistas y muchas de las piezas de colecciones privadas así como entrevistas con prominentes espías de las últimas décadas.

Foto/Información: Notimex